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LA MUERTE DE JUÁREZ

(Narrada
por el medico que lo asistió en sus últimos momentos.)
"La angina de pecho, que con más o menos crueldad ataca a otras personas
-dice el doctor Ignacio Alvarado, que atendió a Juárez en sus últimos momentos,
desplegó, su más extraordinaria energía cuando tuvo que habérselas con un héroe,
como si fuera un ser racional, que comprendiera que, para luchar con éxito con
aquella alma grande era indispensable ser también grande en la
crueldad.
"Dos horas hacía apenas que estaba yo a su lado cuando la opresión del
corazón con que empezó se transformó en dolores agudísimos y repentinos, los que
veía yo, más bien los que adivinaba en la palidez de su semblante. Aquel hombre
debía estar sufriendo la angustia mortal del que busca aire para respirar y no lo encuentra; del que
siente que huye el suelo en que se apoya y teme caer; del que, en fin, está
probando a la vez lo que es morir y seguir viviendo. La enfermedad se desarrolló
por ataques sucesivos; los sufre en pie. Vigorosa es la naturaleza, indómita su fuerza de voluntad, y a un
desplegada toda ésta no le es dable sobreponerse por completo a las leyes
físicas de la vida, y, al fin, tiene que reclinarse horizontalmente en su lecho
para no desplomarse y para buscar instintivamente en esta posición el modo de
hacer llegar a su cerebro la sangre que tanta falta le hace. Cada paroxismo dura
más o menos minutos, va desvaneciéndose después poco a poco, vuelve el color a
su semblante y entra en una calma completa; el paciente se levanta y conversa
con los que lo rodeamos de asuntos diferentes, con toda naturalidad y sin hacer
alusión a sus sufrimientos; y tal parece que ya está salvado, cuando vuelve un
nuevo ataque, y un nuevo alivio, y en estas alternativas transcurren cuatro o
cinco largas horas, en que mil
veces hemos creído cantar una victoria o llorar una
muerte.
"Serían las once de la mañana de aquel luctuoso día, 18 de julio, cuando
un nuevo calambre dolorosísimo del corazón latía débilmente; su semblante se
demudó, cubriéndose de las sombras presurosas precursoras de la muerte, y en
lance tan supremo tuve que acudir, contra mi voluntad, a aplicarle un remedio
cruel, pero eficaz: el agua hirviendo sobre la región del corazón. El señor
Juárez se incorporó violentamente al sentir tan vivo dolor, y me dijo, con el
aire que hace notar a otro una torpeza:
"-¡Me esta usted quemando!
"-Es intencional, señor; así lo necesita usted.
"El remedio produjo felizmente un efecto rápido, haciendo que el corazón
tuviera energía para latir, y el que diez minutos antes era casi un cadáver,
volvía a ser lo que era habitualmente: el caballero bien educado, el hombre
amable y a la vez enérgico.
"Parece que yo mismo estoy desmintiendo, con el hecho que acabo de
relatar, esta fuerza de voluntad que lo caracterizaba supuesto que no supo
sobreponerse al dolor de una quemadura; pero no es así; no; el dolor lo cogió de
improviso, y su naturaleza, dejada a la influencia de las leyes físicas y sin el
freno del espíritu , reaccionó como era necesario que reaccionara, en virtud de
esas mismas leyes, con un fenómeno de los que llamamos reflejos; le sucedió lo
que al valiente capitán que se demuda involuntariamente al escuchar los primeros
disparos; la palidez de su semblante es fenómeno reflejo que no esta en su mano
dominar la virgen tímida la rubicundez de su rostro al oír las primeras palabras
de amor.
"Después este lance el alivio fue tan grande y tan prolongado que se
pasaron cerca de dos horas sin que volviera el dolor; la familia se retiró al
comedor quedando yo solo en compañía suya, me relataba, a indicación mía, los
episodios de su niñez, la protección que le había dispensado el señor cura de su
pueblo, etcétera, etcétera, y cuando yo estaba más pendiente de sus labios, se
interrumpió repentinamente, y clavando en mi fijamente su mirada, me dijo casi
de modo imperativo:
"-¿Es mortal mi enfermedad?
¿Que contestar al amigo, al padre de familia, al jefe del estado? Pues la
verdad, nada más que la verdad: y procurando disminuirle la crueldad de mi
respuesta, le contesté, con la vacilación siguiente a lo imprevisto de la
pregunta:
"-No es mortal en el sentido de que ya no tenga usted
remedio.
"Comprendió en el acto perfectamente lo terrible de mi respuesta, y no
obstante que ella quería decir: Tiene usted una enfermedad de la que pocos
escapan", continuó inmediatamente su interrumpida narración en el punto mismo en
el que la había dejado, como si la sentencia de muerte que acababa de oír
hubiera sido aplicada a otra persona que a el mismo. No le vi inmutarse; no le
vi vacilar en su palabra, ni trató siquiera de pedirme las explicaciones que tanto
deseaba yo darle. ¿No es verdad que se necesita una fuerza de voluntad para
hacer lo que hizo? ¡cuanto dominio sobre sí mismo! Un hombre vulgar había
insistido en conocer los pormenores de mi juicio, habría hablado de tomar las
medicinas usuales en estos casos, habría, por lo menos, manifestado, en la
expresión de su fisonomía, el estado de ánimo del que como él, acababa de saber
que está al caer dentro del sepulcro, dejando en sus bordes seres muy queridos
de su corazón. Esperó para conocer su sentencia a que su familia no estuviera
presente, para no acongojarla: y aprovechó la distracción de mi atención para
que al hacerme de improviso su pregunta no tuviera yo tiempo de estudiar la
respuesta. Su conducta fue fríamente calculada, y para calcular se necesita de
un reposo moral, que, en circunstancias tan solemnes como aquellas, solamente
puede dar la fuerza de voluntad de
un alma grande.
"Aquella calma de tres horas pronto desapareció, y un nuevo ataque más
formidable, más repentino y más prolongado que el de la mañana, vino a perturbar
la recién tranquilidad de los que le rodeábamos, inútiles fueron cuantos medios
empleé antes de acudir otra vez al agua hirviendo; fue al fin preciso venir a
el, porque ya no sentía yo el pulso de bajo de mis dedos. Le anuncié lo que
íbamos a hacer, y con la más perfecta indiferencia y con la calma más imponente
-y la llamo imponente porque la palidez de su semblante, la falta de pulso y de
respiración anhelosa estaban anunciando que el término funesto se acercaba a
grandes pasos se tendió en el lecho, él mismo se descubrió el pecho sin
precipitación y esperó sin moverse aquel bárbaro remedio. Lo apliqué sin perder
tiempo, y aún me parece que estoy mirando cómo se crispaban y se extendían
alternativamente las fibras de los músculos sobre quien se dirigía mi operación,
señal evidente de un dolor agudísimo; dirigí mi vista a su semblante...¡Nada¡ Ni
un solo músculo se movía, ni la más ligera expresión de dolor o sufrimiento;
su cuerpo todo permanecía inmóvil,
y esto, cuando al quitar el agua se levantaba una ámpula de varias pulgadas
sobre su piel vivamente enrojecida. ¡Que de dolores dejaban transparentar
aquella ámpula y aquel crispamiento de los músculos del pecho, y cuánta fuerza
de voluntad proclamaban la impasibilidad de su semblante y la quietud de su
cuerpo! la primera vez que le quemé sin que él estuviera prevenido, su cuerpo
reaccionó como tenía que hacerlo, con los movimientos reflejos que exigen las
leyes de nuestra organización cuando no domina la voluntad, y en la segunda
ocasión, en que ya estaba prevenido para el dolor, no quiso mover el cuerpo y no
lo movió; no quiso expresar el dolor de su semblante, y no lo expresó,
quedándose impasible, como si su cuerpo fuese ajeno y no suyo
propio.
"Entretanto, desde la mañana había volado por la ciudad la noticia de la
enfermedad del presidente y acudieron a verlo sus ministros y sus incontables
amigos políticos y personales, y por razones que no es difícil comprender, se
ocultó tan cuidadosamente al público la gravedad de la situación , la que
solamente conocíamos la familia y yo, que todos quedaron creyendo que
simplemente se trataba de un reumatismo de la rodilla, y para que no se
desvaneciera esta creencia, a nadie se permitió la entrada a la recámara. En
esta inteligencia uno de los secretarios de Estado, el de Relaciones -Lerdo de Tejada- quería hablarle de
algún asunto de su ramo, y el señor Juárez le mando suplicar cortésmente que lo
dispensara por aquel día.
En la tarde, el mismo ministro insistió en verlo, manifestado que era un
negocio urgente precisamente en los momentos en que el dolor del corazón era muy
intenso, en que la respiración era jadeante y en que había desaparecido
completamente el pulso. Aquel hombre que llevaba ya doce larguísimas horas de
ser la presa de una muy dolorosa enfermedad, y que por eso su energía debería
estar agotada, se levantó con calma, sin manifestar su impaciencia ni
contrariedad; arregló su corbata, cubriéndose con una capa, se sentó en un
sillón y ordenó que entrara su ministro, y haciéndole sentar frente a él,
escuchó con atención el asunto delicadísimo que llevaba, discutiendo los
principales puntos y dándole, por último,, su resolución definitiva y
acertada.
No había en su semblante en esos momentos nada que revelara el espantoso
dolor que le estaba carcomiendo una de sus entrañadas; nada que se diera a
conocer que esa mañana era ya imponente para hacer llegar la sangre hasta la
cabeza, y si no hubiera sido por unas gotas de sudor frío que yo enjuagaba de su
frente y por la palidez indisimulable de su semblante, aun yo mismo habría
creído que estaba sano, pues que a impulsos de su voluntad llegó a dominar toda
manifestación de sufrimiento, hasta lo anheloso de su respiración, no quedándole
más que una aceleración de ella. El ministro se separó deseándole que continuara
el alivio del reumatismo, sin haber sospechado siquiera que había estado
discutiendo negocios graves de Estado con un semi cadáver, en quien el corazón
se estaba despidiendo de la vida.
"Aún hay más: una hora después de haber salido el ministro, solicito
haberle uno de los generales más distinguidos, a fin de pedirle sus últimas
instrucciones para la campaña que iba a emprender al día siguiente, y no vaciló
en admitirlo inmediatamente, no obstante que le faltaba el pulso hacía varias
horas y que su situación era completamente desesperada.
"Lleno de admiración, vi al señor Juárez discutir con él, de la manera
más tranquila, lo que era conveniente hacer; todavía no comprendo cómo pudo su
cerebro casi exangüe recordar qué personas residían en las poblaciones que iban
a ser en breve teatro de la campaña, cómo podía traer a su memoria las
cualidades morales y los antecedentes políticos de esas personas, con tanta
exactitud, que pudo indicar al general a quiénes era conveniente tratar con
severidad, a quiénes había que halagar, de quiénes desconfiar y a quienes tener
por amigos. En una palabra, dio todos los pormenores que daría una persona que
tiene concentrada por completo su atención en un asunto de interés y que esta
libre de toda preocupación; es decir, hizo abstracción de su persona en los
momentos de morir, para no pensar más que el bien público en cumplimiento de su
deber.
"Todas las personas estaban consternadas. Poco antes de las once de la
noche el presidente llamó a su criado a quien quería bastante, llamado Camilo,
oriundo de la sierra de Ixtlán, y le dijo que le comprimiera con la mano el
lugar donde sentía intenso dolor. Obedeció el indígena, pero no podía contener
las lágrimas.
"Momentos antes de morir estaba sentado tranquilamente en su cama; a las
once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su
cabeza sobre la mano, no volvió a hacer movimiento alguno, y a las once y media
en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último
suspiro.
"Yo dije esta sola palabra:
"-¡Acabó!
"Le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir, en su recámara, encima de la cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisionomía tranquila, sin contracción alguna, y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida que con el eterno y profundo de muerte.
SUS
EXEQUIAS

Su cadáver fue embalsamado , el día 23 quedó expuesto al público en el Salón de
Embajadores, que se había previa y severamente enlutado. Ese día se recibió un
telegrama de Oaxaca en el que se pedía que fuera enterrado en San Pablo
Guelatao, por haber nacido en aquel pueblo. Naturalmente los próceres y héroes
nacionales dejan de pertenecer a sus provincias, pasan a depender legítimamente
al Gobierno Federal para ser inhumados sus restos en el lugar de honor que se
les destine. La Secretaría de Relaciones no tomó en cuenta esa
iniciativa.
No solo el aparato militar dio significación grande a la conducción del cadáver del
Presidente al cementerio de San Fernando, fue la presencia de enorme cantidad
del pueblo. Entendiéndose por pueblo todas las clases sociales - lo que dio
honda solemnidad a aquel sepelio- que presidió el Presidente de la Suprema
Corte, ya designado por Ministerio de ley Primer Magistrado de la
Nación.
El carro fúnebre era conducido por Juan Udueta, el mismo cochero que acompañó al
enorme indio hasta el Paso del Norte. Y los cuatro cordones que pendían del
féretro los llevaban D. Luis Velásquez, Director de la Escuela de
Jurisprudencia, el Gral. Comandante Militar D. Alejandro García, D. Manuel P.
Ozaguirre, Tesorero General de la Nación y D. Alfredo Chavero. Presidente del
Ayuntamiento.
El día 23 de julio de 1872 se había verificado la inhumación del Presidente Juárez.
A las dos de la tarde sonó el último cañonazo que cada cuarto de hora sonaba
desde la madrugada del día 19, anunciando a la República que había dejado de
existir el tenaz defensor de la nacionalidad mexicana. Las tropas se retiraron a
sus cuarteles con la alegre marcha redoblada, se hizo el último honor del día a
las banderas encresponadas y a las cuatro de la tarde el Batallón Supremos
Poderes - ese es el nombre histórico y tradicionalmente insustituible del 1o. de
infantería- relevaba la guardia de honor que momentos después rendiría los
primeros honores al nuevamente designado por la ley Presidente de la República,
el señor D. Sebastián Lerdo de Tejada.
Así terminó la vida de aquel hombre extraordinario, que es un monumento nacional y
que así lo expresó el señor Embajador Teja Zabre en esta
síntesis:
"Héroes y estadistas ya no son para la historia moderna los hombres
providenciales y poderosos que aparecían como guiadores de pueblos. Son mas bien
símbolos, índices o instrumentos del movimiento social. Pero aún juzgando así,
la figura de Juárez sigue levantada en la historia de México como encarnación
del movimiento de Reforma. Es decir, una fase de la renovación que ha tratado de
superar al régimen feudal pasando por la ideología liberal individualista a las
nuevas formas de la transformación económica. Y ello es bastante para que la
figura ya legendaria de Juárez siga conservando su aspecto de “Monumento
Nacional ".
Última
actualización: 16 de Enero del año 2007 E:. V:.
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