Ad Universarum Terrarum Orbis Architectonis Ad Gloriam Ingentis

La Papisa Juana



El nombre de la "papisa" Juana fue Juan VIII su periodo de pontificado solo duró dos años, se cuenta que al cruzar un puente sufrió un desmayo, cayendo de este y como consecuencia pocas horas después dio a luz, la iglesia a tratado por años de esconder tal hecho, como el de cierta silla con agujero en la bases (como si fuere un retrete) que se supone, es para que otro meta la mano por debajo de ella y revise al futuro Papa que no sea otra papisa..., la iglesia lo niega, pero esa silla apareció poco después de desaparecida la famosa Juana,... una curiosidad más de la Santa Madre Iglesia.

LIBROS ANTIGUOS :

Título: LA PAPISA JUANA.

Autor: Emmanuel Rhoïdis.

Traducida al castellano por Mariano Ynyesto.

Editorial : F.Sempere y compañía, editores. C/Del palomar, 10. Valencia.

La literatura neohelénica, muy poco conocida entre nosotros, es, sin embargo, una de las más abundantes de Europa, aunque preciso es confesar que su calidad no está en proporción de su cantidad. Acaso no hay en el mundo un país en que más obras salgan a luz que en Grecia. Todos los años, entre algunas obras notables, sale una avalancha de dramas, muertos apenas nacidos, de epopeyas, de traducciones insípidas, de colecciones de odas, cuyos autores son, en su mayor parte, colegiales que suenan escalar las alturas del monte Parnaso. Las novelas griegas originales son muy poco numerosas, y en general tienen poco mérito. Por eso cuando LA PAPISA JUANA, de Emmanuel Rhoïdis, apareció en 1866, concitó en contra suya todos los odios del clero ortodoxo. El Santo Sínodo helénico, lo menos que pedía era que su autor fuera quemado, y no habiendo podido conseguirlo, se contentó con excomulgarle, venganza bien anodina para gentes cuya colosal ignorancia había sido tan implacablemente ridiculizada, y que nunca se consolarán de haber sido comparados a las carpas.

Los rayos de la Iglesia cismática erraron el golpe. Toda Grecia se destornilló de risa con la lectura de este libro. Desde Atenas a Constantinopla y Corfú admiraron todos el estilo magistral, la jovialidad, finura y malicia de su autor, elogiando unánimemente el arte maravilloso de este escritor que supo mezclar lo agradable a lo útil, lo alegre a lo severo.

El éxito de este libro no debía limitarse a los países de idioma griego: sucesivamente traducido al alemán, italiano, francés, danés y ruso, en todas partes obtuvo la misma favorable acogida que en las orillas del Ilisus, provocando acaloradísimas discusiones.

En Francia, sobre todo, Barbey d'Aurevilly, cuando LA PAPISA JUANA apareció en 1878, traducida por un anónimo, publicó un violento articulo negando, no solamente que hubiera existido el Papa hembra, sino hasta la existencia de Emmanuel Rhoidis, atribuyendo la obra a un autor francés anónimo, artículo al que contestó Rhoidis con la siguiente carta:

«Senor J. Barbey d'Aurevilly. »París.

»Señor: Acabo de recibir por el último correo un paquete que me ha causado gran sorpresa. Contiene un ejemplar de una traducción francesa de LA PAPISA JUANA y muchos diarios que hablan del libro, todo acompañado de una carta del editor, el cual me invita, en interés de la verdad, a que desmienta una afirmación contenida en uno de estos manifiestos. Este manifiesto ocupa cuatro columnas en El Constitucional, y está firmado por vos.

Después de haber negado la existencia de Juan VIII, negáis también la mía y acusáis a los enemigos de la fe de haber inventado un Rohïdis griego para fusilar a la Iglesia por detrás como un traidor. Me ponéis en un gran apuro. Por un lado me es penoso declararme culpable de lo que vos llamáis obra malvada, pero por otra parte, la honradez me obliga a no rehusar mi testimonio a los que me le demandan, para justificarse de la acusación de haber querido arrojar «sobre la patria de Fidias» la responsabilidad de una mala acción cometida por alguno que vos «sabéis ser un hijo de París y del siglo XIX». Para no alargar este extraño debate, me tomo la libertad de remitirós adjunto un ejemplar de la primera edición de JUANA publicado en Atenas en 1866. La traducción al alemán, por el profesor G. Buvar, apareció en Leipzig en 1869:la del italiano, por A. Frabasile, en 1872.

Los diarios alemanes e italianos han hablado de este libro, y La Saturday Review, de Londres, le ha consagrado muchas columnas.

«Cito estos hechos con el sólo objeto de suministrar una prueba de mi existencia y de la de mis traductores a los que me la piden, sin la menor intención de negar la legitimidad de vuestro derecho a ignorar detalles de tan nimia importancia. Sin embargo, este derecho de ignorancia me parece muy poco fundado cuando usáis de él para afirmar:

«1º Que entre los testigos que afirman la existencia de un papa hembra, no hay un sólo nombre virgen de oprobio; todos son sospechosos, cuando no están deshonrados.

»A esto he de contestar que San Antonino, arzobispo de Florencia, el papa Pío II, el abate Petrarca, el inquisidor Bernardo Guy, Thierry de Niem, y sobre todo Juan Gerson, el ilustre canciller de la Universidad de París que mereció el titulo de Doctor christianissimus, sin hablar de otros muchos autores católicos, merecían ser tratados con más consideración. Pudieran haberse equivocado, pero esta es la primera vez que les veo tratados como gentes sospechosas, castigadas y deshonradas. Estos epítetos, aplicados a las lumbreras de la Iglesia, son muy extraños en boca de un clerical.

2º. Que para que la leyenda inmunda aniquilada una y cien veces, infolio, en cuarto y en octavo, volviera a resurgir sobre su lámina podrida, ha sido preciso que bajo el cielo azul de Grecia una cabeza indigna de aquel azul fuera a hundirse en el mugre de las más negras bibliotecas alemanas para recoger los detritus de crónicas ignaras y falsas.

«Esto no es cierto. La leyenda, después de haber sido destruida cien veces, resucitaba tan lozana, que el canónigo Dollinger juzgaba necesario destruirla una vez más, no hace diez anos.

«Permitidme ahora, señor, después de confesarme por obligación culpable, que haga valer en favor mio una circunstancía atenuante. En vuestro articulo pintáis al autor de este desgraciado libro «como un pedante abarrotado de textos, manchado de polvo, cucaracha de bibliotecas, escarbador de basuras, que hipócritamente se da aires de ser superficial, tartufo de frivolidad», etc. Este retrato no es parecido. Cuando escribí este libro, hace doce anos, tenía yo veinticinco; lo que vos tomáis como una obra de odio, mucho tiempo meditado, no es más que una escapatoria de colegial. Sin dejarme deslumbrar por las traducciones, reimpresiones y artículos encomiásticos que se han prodigado a esta novela, hasta en Francia, la he llamado un pecado de juventud, en una conferencia pública, y soy el primero en reconocer sus imperfecciones y crudezas de estilo. Esto es deciros que al leer vuestro articulo he quedado satisfecho de encontrar uno que sea de mi opinión. Pero no he podido menos de asombrarme de que este juicio tan severo, el único severo, sea precisamente del autor de la Vieille maitressc y de una Memoria justificativa de la Charogne, de Baudelaire, obras que debo conocer, querido señor, en mi cualidad de escarbador de basuras y cucaracha de bibliotecas.

«E. RHOIDIS.»

En España no tenemos ninguna traducción de LA PAPISA JUANA, de E. Rhoidis; por lo tanto, que yo sepa, hasta ahora nadie se ha ocupado en refutar la existencia de este Papa, excepción hecha del sacerdote señor Mateos Gago, que en 1878, contestando a una serie de artículos publicados en El Comercio, periódico de Santander, trató de negar, ¿y cómo no? que una mujer hubiera sido elevada al solio pontificio; pero de su lectura se desprende que no pudiendo hallar argumentos de bastante fuerza para demostrar lo que se proponía, recurrió al socorrido sistema de negar autoridad a los autores, católicos ó no, que han afirmado su existencia, y queriendo parodiar a aquel acusado que, negando la comisión del delito de que le hacían reo, como el juez le dijese que había dos testigos que le habían visto cometer el robo, contestó:

«No niego que el señor juez me presente dos personas que digan que me han visto; pero yo presentaré dos mil que no me han visto», citó una serie de autores que no han dicho una palabra acerca de LA PAPISA JUANA, y hablando de otros que la mencionan en sus escritos, como Anastasio, el Bibliotecario, dice textualmente:

1°, que Anastasio no fue el autor de las vidas de los pontífices que se le atribuyen, PORQUE no;

2°, que si lo fue, habló de la Papisa PORQUE sí, y

3°, que si lo fue y no habló de la TÍA (bonito lenguaje en boca de un sacerdote), no debe extrañarse tal omisión, porque él suprimió en su libro todo lo que pudiera deshonrar a la silla pontificia. »

Esta última aserción no debe ser cierta, por cuanto Masquard Frehero, uno de los más célebres literatos del siglo XVI, dice que encomendada la edición de Anastasio en 1602 a dos jesuitas, éstos le pidieron les ayudase en la empresa, como lo hizo de muy buena gana, y hasta les proporcionó dos códices de su biblioteca; pero los dos padres suprimieron la vida de la papisa, que estaba en los códices. El señor Gago hace constar que no fue Masquard el inventor de esa protesta contra la superchería de los dos jesuitas, «sino que fue Mr. Sumaise, en el siglo XVIII, el cual, encontrándose en Leyden por aquella época, y habiendo soñado esa ridícula farsa, iba luego publicándola por todas partes, sin ocuparse de otra cosa, y la comunicó en Francia a Mr. Sarran; en Suecia, a monsieur Boecler; en Holanda, a Mr. Rivet, y en Leyden, a monsieur Spanhein«. Más adelante dice que ni Riivet, ni Du Píessis, ni Conrado Deckher, ni Ursino, ni David Parco, profesor de Heidelberg, conocieron jamás la acusación de Masquard contra los editores de Anastasio, en Maguncia, y que Spanheín dió el más prudente silencio por respuesta a los cargos que le hizo el padre Labbe en su Cenotaphium eversum.

De Mariano Scoto dice que no hay que hablar, porque las ediciones de su crónica no están contestes, pues en unas no se dice una palabra sobre el papa mujer, y otras empiezan diciendo: «Es fama... » Fama est. De Martin Polono, que dijo «Según se asegura, fué mujer... « Ut asseritvr, feemina fuit. Que San Antonino refiere el caso bajo la fe de Polono. Que Platína dijo que todo esto corría por el vulgo. Petrarca: «Según lo que se lee, fue mujer. « Secando che si tegga, fu femina. En cambio, guarda prudente silencio sobre el monje Sigeberto, el obispo de Freasinga, Otbon, Bernardo Guy, Juan de Paris, Sigfrido de Misnía, Vossio, Amalico de Auger, Boccacío, Gerson, Teodoro Engelusio, Félix Amerlin Martín el Franco, Fulgosio, Pannonio, Dositeo, etc., etc.

Al verter al castellano LA PAPISA JUANA, no es mi ánimo afirmar ni negar la existencia de la protagonista, sino solamente hacer conocer A mis conciudadanos que no tengan medios de procurarse las obras, raras y costosas, en que se trata del estado de la Iglesia en los primeros siglos, el grado de ilustración del clero, tanto secular como regular y órdenes monásticas, así como proporcionarles un rato de solaz cuando lean las páginas de la novela histórica, que con tanto gracejo y sal ática ha escrito Emmanuel Rhoïdis.

Si logro este objeto, se verán colmados mis deseos y afanes.


EL TRADUCTOR


Herodoto creyó oportuno exponer al principio de su historia los motivos que le determinaron a referir los trofeos de Milcíades y los amores de los egipcios con los monstruos. Los historiadores posteriores, Tucídides, TáciLo, San Lucas, Gibón y Guizot, han seguido el ejemplo del padre de la historia; así es que todas las historias empiezan invariablemente por la justificación del historiador, como los poemas épicos por la invocación a las musas.

Obedeciendo yo a esta regla histórica, diré, para que no se me trate de inventor caprichoso, cómo me he decidido a turbar el reposo de la papisa Juana, que duerme en paz hace tantos siglos.

El sentimiento religioso continuaba floreciente en Occidente, es decir, que había allí gentes que comían pescado los viernes y besaban el cordón de los monjes, cuando, hace una veintena de años, siendo niño todavía, fui a Italia. Según costumbre de aquel país, pasé muchos meses del año en el campo, y durante las largas veladas del otoño, mientras los caracoles se arrastraban sobre las viñas vendimiadas y las setas crecían sobre los castaños, me sentaba con frecuencia ante el hogar de los vendimiadores. El trato frecuente con estos campesinos, a quienes no oía contar otra cosa que milagros de santas imágenes e historias de aparecidos escapados de la tumba o de almas evadidas del purgatorio, me había hecho bastante supersticioso. A fuerza de oír repetir que el Papa abría y cerraba las puertas del paraíso, que conversaba amistosamente con el Espíritu Santo, que se posaba sobre sus hombros todas las mañanas, que daba a besar a los reyes sus pies sagrados, había llegado a considerarle como un ser extraordinario y fabuloso, como un globo suspendido entre cielo y tierra.

En esta disposición de espíritu me encontraba viviendo en Génova, cuando estalló súbitamente la revolución de 1848 que trastornó toda la Italia. Los sacerdotes y la religión, como sucede en todos los trastornos políticos en Occidente, fueron comprendidos en el anatema lanzado contra los reyes y la tiranía. Un espíritu maligno erraba hacía ya algunos años por esta infortunada península, infiltrando en todos los corazones la insubordinación y un deseo inextinguible de libertad. Los tronos crujían como si fueran a derrumbarse, pero los dientes de los reyes castaneteaban más fuerte todavía. Palabras malsonantes y desconocidas de los italianos: constitución, guardia nacional, libertad de la prensa, comunidad de bienes, etcétera, resonaban por todas partes como silbidos de víboras. La fe ciega, acostumbrada hacía tantos siglos a simpatizar con los ciegos y halagarles, era rechazada brutalmente como un mendigo importuno, y temblando, huía hacia las montañas, buscando un asilo bajo el techo de los campesinos, en donde con frecuencia encontraba las puertas cerradas e inabordables. Y mientras la desgraciada andaba errante en las tinieblas, tropezando a cada paso, los reyes, cuyo poder se apoyaba en ella, estaban quebrantados. Génova, rebelde, estaba sitiada; las as rompían los techos de las casas, y los pobres habitantes, temiendo sufrir la misma suerte, se refugiaban en los subterráneos de sus casas. En uno de éstos me encontraba yo también una noche con las gentes de la casa y algunos vecinos que habían venido a buscar un asilo bajo los pliegues de la bandera helénica. Más de cincuenta personas, hombres y mujeres, señores y mercaderes, condesas y carboneros, se amontonaban en aquel estrecho recinto entre las lentejas y judías, las cebollas y los higos secos. Una tristeza y un silencio de muerte reinaban al principio en aquella asamblea subterránea; pero la casa tenía cinco pisos y las bóvedas de la cueva eran sólidas y estaban al abrigo de las bombas, de suerte que los rostros de mis compañeros, al principio verdes como las botellas que nos rodeaban, fueron tomando gradualmente un color más humano. Oíamos casi sin temor las detonaciones de afuera, seguros de que la muerte., suspendida sobre nuestras cabezas, no podría bajar hasta nosotros. Una vez alejado el peligro, las lenguas italianas se desataron poco a poco. El eco de la bóveda repetía palabras incoherentes, promesas de cirios a la Madona, recriminaciones de hombres, invocaciones a los santos y espantosas maldiciones contra el Bombadatore.

Pero así como en los combates de Ariosto, cuando dos ilustres héroes vienen a las manos, los demás combatientes dejan las armas y contemplan la lucha en silencio, así también los que se encontraban en la cueva se callaron, cuando el abad de San Mateo, anciano de cabellos blancos, y el viejo redactor de la Gaceta de Génova, sentados uno enfrente de otro sobre barriles, empezaron a discutir sobre la libertad y los reyes, sobre el progreso y el papado.

El drama que se representaba sobre nuestras cabezas hacia este debate más oportuno que ningún otro; los adversarios estaban bien preparados para la discusión y los oyentes se colocaban alrededor de ellos con la boca y los oídos abiertos, como los cartagineses alrededor de Eneas.

El publicista afirmaba que los terribles males que sufríamos provenían de la influencia clerical; el abad miraba la sangre fraternal que corría a nuestro alrededor como un sacrificio expiatorio al Altísimo. La noche avanzaba y el debate no parecía terminar. Los epigramas llovían burlones y acerados como espadas de duelistas.

Yo me había ido acostumbrando a esta charla, y dejándome invadir de una somnolencia involuntaria, había apoyado mi cabeza de diez y siete años sobre las rodillas de mi vecino, cuando de repente, relatos extraños ahuyentaron el sueño de mis pupilas. El irascible periodista, perdiendo la paciencia ante la terquedad del abate, que respondía a sus argumentos más sensatos con oráculos de sacristía y pasajes de Mr. de BoIlal y de Mr. de Maistre, cambió por fin de táctica. Desesperando de abrir los ojos de aquel buen cristiano, que tenia miedo a la luz, como los murciélagos, cesó de discutir y trato de hacer a sus ídolos odiosos y ridículos.

Hojeando las páginas más sucias de la historia de los papas y recogiendo todas las vergüenzas y todas las manchas, las escupía como baba de víbora al rostro del pobre cura. Nos mostró a Benito IX, Gregorio VI y Silvestre III, papas coexistentes, cerebros de tres cabezas, excomulgándose mutuamente é inundando a Italia en un diluvio de sangre; a Zacarías condenando a la hoguera a los geógrafos que enseñaban la existencia de los antípodas, porque creía, en la plenitud de su sabiduría, que para que hubiera antípodas, debían existir dos soles y dos lunas; a Esteban VII, infame profanador de tumbas que desenterraba el cadáver de su predecesor Formoso, arrastraba este cuerpo podrido ante el Concilio y le sometía a un interrogatorio odioso y ridículo; a Juan XXII, que pasaba su vida buscando la piedra filosofal y por fin la encontraba redactando un cuadro en el que estaba exactamente fijado el precio de la absolución de todo pecado, asesinato, violación ú otro crimen; a Julio III, nuevo Caligula, que rodeado de botellas y mujeres, proclamaba cardenal a su mono; a Juan XII, que extendía los tapices de la santa mesa a los pies de su querida, se emborrachaba con ella en los cálices, y por fin, fue sorprendido y asesinado por el esposo de aquella mujer, ó por el diablo; según los cronistas.

Esto decía el viejo en medio de un profundo silencio, interrumpido algunas veces por la caída de un techo ó la explosión de una a. Entre los oyentes, unos hacían la señal de la cruz, otros se tapaban los oídos; en cuanto a las mujeres, se ocultaban el rostro con su delantal. ¿Qué pasó en mi cuando el inexorable orador, no contento con las vergüenzas de los papas varones, se puso a contar la historia de la papisa Juana? ¡Los amores de un papa, su maternidad y su alumbra miento en plena plaza pública!

Pronto amaneció; las explosiones fueron más raras y cesaron poco a poco. Génova capitulaba después de tres días de sitio, y ponía en las garras del tirano, como llamaban entonces a Víctor Manuel, a los jefes de la Revolución. Los mercaderes vestidos de guardias nacionales, los tenores y los barítonos, después de haberse limpiado el colorete de sus mejillas, habían ceñido sus espadas de la Edad Media y cantado por las calles la libertad ó la muerte; los estudiantes, que se vanagloriaban de poder ahuyentar las tropas del tirano sin otras armas que sus libros de derecho ó de medicina, todos desaparecieron al ver las lanzas reales, como los mochuelos cuando sale el sol. Las italianas mismas, que habían bordado tantas banderas y hecho tantas escarapelas tricolores, recordaban las instrucciones de su confesor, y cuando un oficial las abrazaba en la plaza pública, presentaban su otra mejilla a la injuria. Al cabo de algunos días, banderas rojas, himnos a la libertad, sangre de mártires, bombas y ruinas estaban olvidadas. Pero yo no podía olvidar a la papisa. Lo extraño de la escena en donde había oído hablar de Juana, el gesto del orador, la cueva, los desastres de afuera, todo esto grabó en mi corazón con rasgos imborrables este cuadro, como las huellas del Salvador sobre las rocas de Judea.

Desde entonces, con frecuencia la fúnebre sombra de Juana, teniendo en sus brazos un niño muerto, turbó mi sueño. Durante el día ponía empeño en aprender algo acerca de esta heroína, única en su género. Interrogaba a los profesores, a los criados, al labrador que abría el surco en la tierra, al capuchino que me pedía una limosna. Pasaba horas enteras en casa de los libreros, aspirando el polvo de los volúmenes roídos por la polilla, con la esperanza de encontrar las huellas de mi papisa. Pero su rastro estaba tan bien borrado por los sacerdotes de Italia, que después de largas investigaciones infructuosas, mi curiosidad murió de hambre por no haber podido encontrar una migaja.

Pocos años después me encontraba en Berlín. No conocía aún el uso de la pipa, la cerveza ni los bailes públicos, y por consiguiente, estaba aislado y ocioso en medio de los estudiantes extranjeros, que andaban muy atareados. El fastidio y la ociosidad son los principales, o decir los únicos móviles del amor, y en ausencia de una nueva pasión, son capaces de resucitar las antiguas. Esto fue lo que me sucedió relativamente al recuerdo que guardaba de la papisa Juana.

La mañana de un día de fiesta, cuando el cielo de Berlín, queriendo justificar el texto de Moisés, abría sus cataratas, me refugié en la biblioteca desierta, y paseando mi hastío de una sala a otra, me encontré de repente en una galería inmensa, en donde los libros de la Edad Media, cubiertos de una espesa capa de polvo blanco, duermen un sueño profundo y tranquilo.

Pedí permiso al bibliotecario para abrir aquellos infolios enmohecidos y un trapo para limpiarlos; después me puse a buscar volumen por volumen y página por página las huellas de mi heroína. Gracias al compendio Rerum germanicorum, a los catálogos de Dufresnois, a las disertaciones de Bayle y de Spanhein, pude en pocos meses leer y reunir en dos grandes cuadernos la mayor parte de lo que se ha escrito durante ocho siglos en pro ó en contra de la existencia del papa hembra. Mí inexperiencia en semejantes asuntos era tal, que con frecuencia me veía obligado a leer un capítulo entero ó un volumen infolio antes de encontrar el pasaje que buscaba. Así supe sin querer una multitud de curiosos detalles acerca de la religión, usos y costumbres de aquellos siglos obscuros.

Tales son los orígenes de mi libro acerca de la papisa Juana.

Cuando me puse a la obra comprendí cuán árido y desagradable seria el sencillo relato histórico de las acciones de Juana para el mayor número de lectores que, con pocas excepciones, ignoran hasta su existencia.

Limitando esta parte de mi obra a la introducción, he hecho de mi libro una especie de enciclopedia narrativa de la Edad Media, y en particular del siglo IX. Gracias a los poetas, a los escritores y a los artistas, cada época y cada país son, desde la creación del mundo, más ó menos conocidos de todo el mundo. Cada siglo, cada pueblo, nos ha legado un monumento que representa los hombres de aquella época. Los judíos han dejado la Escritura, los egipcios las pirámides, los griegos la Ilíada. Desde Eva, cuyos amores han cantado Moisés y Milton, hasta Cimodocea, la mártir cuya corona tejió Chateaubriand, la cadena apenas se interrumpe. ¿Hay una época en la que el viajero pueda refugiarse, una playa adonde pueda abordar sin encontrar rostros conocidos y sonrientes, amigos que le tiendan la mano? ¿Raquel, ofreciendo agua a sus labios sedientos, ó Nausica, guiándole bajo un techo hospitalario? Pero bajemos de nuestro Pegaso antes que pierda sus herraduras y notemos que todo el mundo conoce la barba de los patriarcas, el manto de los filósofos griegos, las falanges macedónicas, las pelucas rubias de las cortesanas romanas, las armaduras de los bárbaros del Norte, las cuerdas de nudos de los mártires cristianos y todo lo que han descrito los poetas y escritores y nos han explicado en el colegio ó hemos leído en una traducción. Mucho más conocidos son todavía los héroes forrados, de hierro y las heroínas vestidas de blanco que vivieron a fines de la Edad Media: los Amadís, los Tristán, los Corazón de León, los Templarios, los Abencerrajes, las Yolanda, las Herminia, las Armida.

Pero desde el siglo VI hasta el XI, desde el último emperador romano hasta el primer caballero, ¿quiénes fueron los habitantes de nuestro planeta? ¿Qué hacían, qué comían, en quién creían, cómo vestían? El único que puede responder a estas preguntas es el historiador de profesión, el que se ha impuesto la desagradable tarea de hojear las inmensas colecciones de los cronistas de la Edad Media, las leyendas enmohecidas, los grandes infolios que contienen las indigestas relaciones de los monjes, los escritos de Casiodoro, Cesáreo, Alcuin, San Agobardo, Raban-Maur y otros mil libros conocidos solamente de los sabios y de la polilla, libros que Muratori llama sterili steppe della lelteratura del medio evo, es decir, estepas estériles de la literatura de la Edad Media.

Por estos desiertos anduve yo errante siguiendo las huellas de Juana. Así como el viajero que visita comarcas lejanas y desconocidas gusta de coger en cada una de ellas un recuerdo de sus viajes, así yo, en cada uno de estos volúmenes condenados a eterno olvido, he recogido, como recuerdo, un pasaje, describiendo costumbres notables, creencias extrañas, prejuicios populares, vestigios de idolatría, todo lo que había escapado a la atención de los historiadores modernos, los cuales, dedicados a teorías generales y no teniendo otro objeto que la justificación por la historia de las miras y pretensiones de su partido, no han tenido tiempo ni ocasión de consagrarse a semejantes detalles. Con estos pedruscos, recogidos al borde de los arroyos fangosos de la Edad Media, he formado, ó más bien he tratado de formar, un mosaico, representando un cuadro bastante fiel de aquella época tenebrosa. Este asunto no ha sido tratado, según mi criterio por lo menos, de una manera accesible a todo el mundo. No se ha escrito todavía, hasta hoy, un libro concienzudo que haga conocer de un modo claro aquellos tiempos, como las Áventuras de Telémaco la Grecia heroica, Los Mártires la Roma de la decadencia é Ivanhoe; la caballería inglesa.

Comprendiendo la insuficiencia de mis fuerzas para semejante tarea y mi inferioridad respecto a los que emprenden estos trabajos, he tenido por le menos la ambición de no serles inferior bajo el punto de vista de la verdad histórica. Cada frase de LA PAPISA JUANA, casi cada palabra, se apoya en el testimonio de un escritor contemporáneo. Las anécdotas monacales están tomadas de las crónicas de los conventos de aquella época; los milagros, de la vida de los santos de la Edad Media; la descripción de las ceremonias de las cartas de Eginardo, de Alcuin, y en la Historia eclesiástica de Gregorio de Tours; las extrañas creencias teológicas de los escritos de los autores de aquel tiempo, como San Ágabardo, Hincmar, Raban-Maur y otros. Toda descripción de ciudades, edificios, vestidos ó manjares, es exacta hasta en sus menores detalles, como se hace saber en parte por las notas que se encuentran en cada página, notas que hubiera podido multiplicar. Pero antes de hacer un libro grande, es preciso saber sí será leído ó no. Yo he hecho todas estas citas, no para demostrar erudición, sino para probar mi respeto al público. Este respeto al lector es completamente nuevo entre nosotros los griegos; creo que será justificado si encuentra la benévola acogida que todas las personas bien educadas hacen a los extranjeros.

Pero aunque el respeto al público sea una virtud tan venerable como un padre de familia vestido con el uniforme de guardia nacional, no es suficiente para los lectores, que exigen además que los escritores no les hagan dormir.

Por eso he revestido cada idea de una imagen, por decirlo así, palpable. Esta manera de escribir, que Byron introdujo en Inglaterra, Reine en Alemania, Murger y Musset en Francia, es una invención de los poetas italianos de la decadencia. Desesperando escalar las alturas en donde el Dante y el Petrarca plantaron su bandera, buscaron otro camino más fácil para llegar, no a la gloria, sino a la popularidad.

Esta literatura se parece a esas mujeres galantes que, privadas de belleza ó contando con más años que dientes, se ingenian de todos modos con pinturas, sonrisas, promesas falaces, etc., para excitar, a falta de un amor casto, los deseos, ó por lo menos la curiosidad de los espectadores. No me propongo hacer aquí el elogio de esta escuela ni recomendarla. Pero he creído que solamente con sal de esta naturaleza se podía preparar el más indigesto de todos los alimentos, la historia Eclesiástica de la Edad Media. Un cocinero célebre, creo que Vatel, se alababa de poder arreglar un macho cabrío ,y hasta un ratón, con tal arte, que los que comieran de ellos se chuparían los dedos. Yo me consideraré muy hábil si, gracias a un condimento cualquiera, he podido hacer, no agradable, sino simplemente soportable a un monje de la Edad Media.

Antes de terminar este largo prefacio, necesito, atendido que escribo en griego, justificarme de la libertad que reina en algunos pasajes de mi libro. Algunas veces he llamado a las cosas con sus nombres, en lugar de recurrir a esas perífrasis con que algunos escritores honestos encubren sus pensamientos deshonestos, como nuestros primeros padres cubrieron su desnudez con hojas de higuera. Lo hubiera conseguido fácilmente copiando las teorías literarias que Voltaire, Byron, Casti y otros han emitido a la cabeza de libros como el mío. Pero dice un proverbio francés, comparación no es razón, y además la hipocresía me repugna. Diré solamente que, según mi opinión, esta libertad es tan necesaria, tan natural como la sal en el agua del mar. El que haya leído La doncella de' Orleans, Don Juan ó los poetas italianos del siglo XVI, no acusará ciertamente a LA PAPISA JUANA de ser demasiado descocada; quien conozca la Edad Media, quien haya estudiado los cronistas, los legendarios, los padres de la Iglesia, confesará infaliblemente que, comparado con sus escritos, el presente libro se parece a aquella virgen que San Basilio soñaba en pie como una estatua venerable sobre un pedestal en mármol de la virginidad é insensible a todo deseo, a todo tocamiento.

Muchos calificarán de crimen la audacia con que remuevo el fango eclesiástico de la Edad Media occidental y bizantina, sin privarme algunas veces de entrar en digresiones sobre el estado presente de nuestra Iglesia ortodoxa, pero el lector imparcial se convencerá de que bajo este aspecto no hay intención preconcebida. Los vicios de los occidentales y los de los orientales están relatados con la misma indiferencia y la misma imparcialidad; las visiones de los teólogos y los sueños de los profesores alemanes son tratados de igual manera. En cualquier parte que, encuentro una cosa que pueda hacer reír, me apodero de ella, sin preocuparme de si se oculta en un monasterio ó en una academia, bajo el sayal de un monje ó bajo el manto de un filósofo. Las paradojas religiosas ó filosóficas, desde la creación del mundo hasta nuestros días, han sido expuestas con la misma indiferencia con que el navegante anota en su diario la dirección de los vientos.

San Basilio, Pascal y Chateaubriand han defendido el cristianismo; Libanio, Voltaire y Strauss le han atacado en nombre de la humanidad ó de la filosofía; todos, sin embargo, han escrito con pasión, y como ellos mismos afirman, con fe en sus principios religiosos ó filosóficos. Siempre que leo una obra cualquiera escrita acerca de cualquier materia con intención y convicción, me acuerdo de aquel pasaje de Isidoro relativo a los teólogos de su época: Arrastrados por la ambición, hacen alarde de no estar acordes sobre las cosas divinas superiores a la razón. En cuanto a mí, confieso que no he tenido otro objeto que entretener.

Respecto a mis juicios sobre las ceremonias actuales de la Iglesia ortodoxa, diré solamente que, cualesquiera que sean las convicciones íntimas de los hombres, se ha juzgado siempre y en todas partes necesario un culto externo a la divinidad. El cristiano sencillo entra en la iglesia para consolarse allí esperando los diamantes y las esmeraldas del Apocalipsis; el filósofo reflexiona allí sobre lo infinito, lo ideal, el destino del hombre y otros nudos filosóficos análogos. El pensamiento de uno y otro se eleva por meditaciones que n desde lo alto el vaivén diario; uno y otro salen de aquel recinto sagrado superiores así mismos y comprendiendo la verdad de las palabras de Jesús: El hombre no vive solamente de pan. Mas para llenar su objeto este culto debe estar en armonía con las ideas, las costumbres y los hábitos de los hombres, modificados cada día por los progresos ó los simples cambios de la civilización. «El santuario decía el cristianísimo Chateaubriand debe quedar inquebrantable, pero sus ornamentos deben cambiar según las épocas.

Los occidentales, convencidos hace tiempo de esta verdad, han cuidado de quitar de sus iglesias todo lo que no estaba en armonía con los gustos de sus contemporáneos. La duración de la misa se ha fijado en un cuarto de hora, los ayunos son soportables, los sacerdotes bien educados, los cuadros agradan a la vista, la música recrea el oído. De este modo todo el mundo puede, sin gran trabajo y sin disgusto, ser buen cristiano. Pero nosotros los griegos hemos creído conveniente permanecer aferrados a las, rúbricas de la Edad Media, como la ostra a la roca. Nuestra misa dura dos horas, como en tiempo de San Basilio, y nadie va a ella. Los sacerdotes salen de las barreduras de la tierra, como en la época del apóstol San Pablo, y nadie escucha sus consejos; los ayunos deben ser observados por los monjes, y nadie ayuna; las imágenes son monstruosas, y nadie las adora; en cuanto a nuestros cánticos nasales eclesiásticos, creo superfluo hablar de ellos aquí. De todo esto resulta que entre otros pueblos cristianos nosotros solos (por lo menos las clases instruidas) nos vemos privados, no digo de la fe, porque esta privación ha llegado a ser un mal general, sino de todo culto exterior, culto que, como he dicho antes, tiene su lado bueno, puesto que recuerda al hombre que hay otros goces que los de la carne. Yo, cuantas veces me he arrodillado bajo las bóvedas de una iglesia gótica, he besado un cuadro de Rafael ó escuchado una melodía sagrada de Mozart ó de Rossini, siempre he sentido renacer en mí el sentimiento religioso; y olvidando la historia eclesiástica, he dicho, como Galileo: Eppur si mueve. Por el contrario, cuando se entra en una de nuestras iglesias, no se experimenta más que un sentimiento: el deseo de salir. Solamente un ciego ó quien voluntariamente cierre los ojos puede negar la exactitud ó la verdad de todo . Esto. Si hay entre nosotros gentes sensatas que piensen que debemos tener las iglesias desiertas, un clero ignorante y despreciable; si hay quien crea que la nariz es el instrumento más conveniente para cantar al Altísimo, la Kalo Kcerini (Vidas de los Santos) un libro moral para las jóvenes y el Manual del Confesor, de Nicodemus, el vade mecum que conviene a un sacerdote, participaré de su opinión cuando yo a mi vez sea sabio.

Otros, por el contrario, reconociendo que este estado de cosas es malo, pretenden que es preciso respetarlo por reconocimiento hacia la Iglesia que nos ha librado del yugo extranjero, hacia la Iglesia por la que esperamos pronto ó tarde la realización de la gran idea, a saber: la libertad del Epiro y la Tesalia. Extraña especie de reconocimiento; dejar sin asilo y despreciada, bajo los sórdidos jalones de la Edad Media, a la Iglesia que nos ha salvado, en lugar de curar sus llagas y vestirla decentemente. Los que quieren emplearla como instrumento de sus planes políticos, olvidan sin duda que el tiempo de los milagros ha pasado hace mucho tiempo, que el sol no se para ya y que los cánticos nasales de nuestros sacerdotes no harán derrumbarse las murallas que nos separan de nuestros hermanos esclavos, como cayeron las de Jericó al sonido de las trompetas de Josué.

He expuesto lo que antecede para evitar falsas interpretaciones y no para justificación de mi libro, que abandono a la indulgencia de los lectores. En cuanto a los críticos, les recuerdo que contiene cosas y hechos apoyados en testimonios incontestables, de manera que los que quieran criticarle deberán invocar res et non verba. Las protestas en nombre de la moral, de la moralidad ó de la moralización (sea cualquiera el nombre con que se designe la cosa), no solamente no significan nada, sino que nos recuerdan la frase del poeta inglés:

Solamente las personas inmorales hablan de moralidad.

Atenas 1º de Enero 1866.


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 Última actualización:  16 de Enero del año 2007 E:. V:.
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