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| Escándalos con sotana |
La humanidad es tan vieja como la religión, y el homosexualismo es casi
tan viejo como la humanidad. No hay que extrañarse, pues, de que a veces se
produzcan episodios homosexuales en círculos religiosos. Ya en tiempos
bíblicos floreció la villa de Sodoma, que dio su nombre a las relaciones
sexuales invertidas y a quienes las practican. Cuando Abraham pidió a
Dios
que se abstuviese de destruir la ciudad por culpa de unos cuantos
pecadores, Yavé prometió al profeta que si encontraba diez hombres que
no
cometiesen pecado contra natura perdonaría a Sodoma. Abraham sólo halló
un
“justo”, su sobrino Lot, y Dios procedió a borrar la ciudad de la faz de
la
tierra.
No son una novedad, pues, ni el homosexualismo ni su ocasional presencia
en
el ambiente eclesiástico. Lo que sí constituye un hecho notorio es que
en
las últimas semanas hayan salido a la luz numerosos casos de pedofilia
protagonizada por sacerdotes católicos, lo que apuntala viejas leyendas
de
sacristía sobre abusos y familiaridades indebidas de religiosos con
jóvenes
y niños. El más grave es el del obispo de Palm Beach (Estados Unidos),
Anthony O’Connell, obligado a renunciar a su cargo al descubrirse que,
siendo rector de un seminario, se acostó varias veces con un niño de 13
años, que le consultó sus angustias tras haber sido asediado por otros
dos
sacerdotes. El seminarista lo denunció ante los tribunales tiempo
después y
el caso terminó con una indemnización de 125 mil dólares y la promesa de
confidencialidad. O’Connell acepta ahora que tuvo otra experiencia
similar.
Lo más desolador es que su antecesor en la diócesis, Joseph Keith
Symons,
también dimitió al conocerse que había manoseado a cinco niños.
El de O’Connell no es el único escándalo reciente. En Estados Unidos
estallan día de por medio luego de que se destapó en Boston el caso del
cura John Geoghan, acusado de acosar a más de 200 niños en seis
parroquias.
La arquidiócesis ha aceptado transigir las 84 demandas interpuestas por
una
suma total de entre 20 y 30 millones de dólares. Como si faltaran
anomalías
sexuales en el mundo célibe de la jerarquía, un sacerdote español
reconoció
en febrero que es gay y sexualmente activo; otro acaba de casarse con
una
ex monja peruana, tras un noviazgo por Internet, y 71 firmaron el 7 de
marzo una carta donde piden a los obispos abolir el voto de castidad y
aceptar el sacerdocio femenino.
Son, sin embargo, problemas diferentes. Uno es la respetable y soberana
decisión personal que cada quien tome sobre su sexualidad. En este
sentido,
guardar o no el celibato es problema de conciencia. En cambio, abusar de
niños y jóvenes deformando y traicionando el precepto de “dejad a los
niños
que vengan a mí” no es un mero pecado: constituye un grave delito,
castigable con prisión. Ya varios curas han sido condenados a largas
penas
en Estados Unidos.
Lo que más preocupa es la actitud soterrada y silenciosa que caracteriza
a
la jerarquía en estas materias. Ya no es solo el oscurantismo sexual de
la
Iglesia; es la peligrosa oscuridad. Si en los casos de O’Connell y otros
pastores hubiera existido transparencia para reconocerlos y valor para
sancionarlos, se habrían evitado males mayores. Al manejar a escondidas
estos asuntos, el Vaticano se hace cómplice de ellos.
Cristo aceptó la falibilidad humana. Pero fue intransigente con los
propiciadores de escándalos, especialmente tratándose de niños. “Más les
valiera –dijo– que les colgasen del cuello una piedra de molino y los
lanzasen al fondo del mar”. Tal vez es hora de que algunos jerarcas
repasen
con cuidado el evangelio de San Mateo y modifiquen la actitud arcaica y
encubridora que caracteriza a la Iglesia en esta materia.
Última
actualización: 16 de Enero del año 2007 E:. V:.
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