Ad Universarum Terrarum Orbis Architectonis Ad Gloriam Ingentis

 
 
"LA PIEDRA DE LUNA"

 

A. G. J. G.,

A quien tanto,

le debemos tantos.

Al pie de una cueva en las montañas, miles de años antes de nuestra era, un cavernario se encontraba sentado, mirando el atardecer, después de una ardua jornada.

Contemplaba cómo el sol, rojo de cansancio por haber alumbrado todo el día, se retiraba por el horizonte para reposar -lo mismo que él- de sus labores, y cómo el azul del cielo diurno desaparecía, al tiempo que todos los seres habitantes de esas tierras iban callando junto con el advenimiento de la noche.

Entre tanto, el troglodita se decía con el único lenguaje conocido por él hasta esas fechas, un lenguaje sin palabras:

"He trabajado mucho hoy pero no importa; tengo todo lo que quiero: comida, pieles, mujeres, un lugar donde vivir. Además, he logrado el mando de mi tribu por ser el más fuerte, el que caza los más grandes animales y el que pelea con mayor coraje cuando surge algún enfrentamiento con los otros grupos dominados. Con mis manos consigo el sustento, tomo los frutos que me gustan y mato los animales más gordos y sabrosos..."

Reía en silencio mostrando en su rostro una salvaje mueca y continuaba:

"¡Ah!, no existe nada ni nadie que sea superior a mí; soy lo más fuerte y poderoso del universo".

Contento de saber su condición, miró presuntuoso a su derredor, aspirando profundamente mientras echaba orgullosamente la cabeza hacia atrás en actitud de descanso, sin imaginarse siquiera remotamente las consecuencias que desencadenaría aquel movimiento casi en su totalidad meramente óseo-muscular.

En efecto, una vez que tuvo la vista en alto, cesó su respiración. Otro gesto pero ahora de asombro brotaba de sus facciones: contemplaba por primera vez el firmamento.

Ya antes había pasado muchas noches -no tenía idea de cuántas pues aún desconocía la manera de sumar, pero sí suponía que eran bastantes- y sin embargo, nunca se le había ocurrido hacer tal cosa; asustado, cerró los ojos creyendo haber sido víctima de una alucinación. Después de un rato con recelo los abrió, dirigiendo la mirada por segunda ocasión por encima de su cabeza.

Uno por uno, sus signos vitales fueron desapareciendo a medida que empezó a sentir sobre su cabeza el aliento de las estrellas. La suave radiación de cada titileo caía en continua intermitencia, bañando el pequeño mundo conocido por el cavernario hasta aquel instante. Sintió por primera vez el tibio calor del seno de la gran nodriza: La bóveda celeste.

Entonces tuvo miedo, sensación que nunca antes había experimentado. Miedo al sentir el poder que oprime y subyuga al contemplador de las estrellas; miedo por reconocer su impotencia y saberse inútil para comprender el espectáculo que estaba presenciando; miedo como aquél del recién nacido que ve por primera vez la luz, indicio primigenio de su realidad existencial y trascendente.

A partir de ese instante aquel ser complementó su mundo meramente sensorial con el vasto mundo de los sentimientos. Precisamente en aquel momento descubrió la esencia cósmica y su encarnación en el único terrícola poseedor de conciencia.

A través de los sentimientos, vía de comunicación del alma, el hombre supo que habitaba en su naturaleza un fragmento diminuto de las estrellas. Vislumbró en aquellas pequeñas partículas del logos la armonía perfecta con el mundo que lo rodeaba y sintió de súbito la necesidad de desenterrar de las tinieblas el misterio de la vida, con el fin de asimilarse a aquella perfección que contrastaba de manera abismal con él.

Se reconoció insignificante frente aquella majestuosidad, pero lejos de desalentarse, la experiencia acrecentó su flamante sed de ver para saber y entender. El cavernícola se parió a sí mismo; comenzó a ser hombre.

A la mayor parte de los integrantes de su tribu no les interesaron aquellas actividades tan excéntricas de su compañero. Prefirieron seguir siendo salvajes y así continuaron por el resto de los tiempos. No obstante, el primer hombre se allegó como pudo de discípulos y condiscípulos, y con el fin de comunicarse y así perpetuar sus adelantos inventó el lenguaje hablado, el escrito y la pintura. La muerte física no era objeto de temor en aquella época.

Por milenios, los herederos del conocimiento iniciado por el hombre consciente continuaron su tarea. Sin embargo, mientras más avanzaban dentro de la civilización más se invadían sus mentes por la angustia de saber cada vez más lejana e inalcanzable la meta en un principio señalada.

Entre ellos, estaba un adepto, quien varado en el centro de la encrucijada que forman los hechos y las ideas; preguntó a su maestro preferido cuál sería la senda a seguir. El sabio dijo al más joven de sus aprendices:

"Me preguntas hermano mío ¿Cuándo será perfecto el hombre? escucha pues mi contestación:

Se dirige éste a la perfección cuando siente que es el espacio sin contornos y sin límites; que es el mar sin riberas y sin playas; que es el fuego siempre encendido; la luz eternamente esplendorosa; las nubes con la lluvia, el relámpago y el trueno; el árbol, florido en primavera y desnudo en el otoño, generador en el verano, regenerador en el invierno; los valles profundos y los campos, ya estériles, ya abundantes.

Si el hombre se identifica con todas estas cosas habrá alcanzado la mitad del camino hacia la perfección. Pero si desea llegar a la meta debe identificarse con su íntimo ser; con el lenguaje que nos enseñaron las estrellas: Debe sentirse el niño que se refugia en su madre; el joven extraviado entre su amor y sus esperanzas; el hombre maduro que lucha entre su pasado y su porvenir; el anciano que ama y defiende a su familia como a sus recuerdos; el virtuoso en la celda; el criminal en la soledad de su prisión; el sabio entre sus libros y documentos; el ignorante entre la lobreguez de su noche y la oscuridad de su día; la monja entre las flores de su fe y las espinas de su melancolía; la ramera entre los colmillos de su debilidad y las garras de su miseria; el poeta entre las nieblas de su crepúsculo y la claridad de sus deslumbramientos.

Si puede el hombre conocer y sentir todas esas cosas alcanzará la perfección, convirtiéndose entonces, en una de las luces del cielo; en una de las sombras del eterno".

Después de oír a su maestro, el alumno se retiró a su casa para reflexionar sobre la lección de ese día. Reposando sobre su cama se quedó dormido. Miles de sueños lo invadieron durante la madrugada entera. A la mañana siguiente, salió con sus armas y arreos, uniéndose a los bárbaros en el campo de batalla; hombres que saben y pueden convertir en desierto los bellos bosques de esmeralda; que riegan con la sangre de sus iguales los prados que solo han sido tocados en su hojas por el sol, en sus tallos por el viento y en sus raíces por el beso de las aguas subterráneas. Al medio día, el joven cayó herido; a la media noche, murió devorado por la gangrena.

Infinidad de civilizaciones han surgido y las mismas se han destruido por los vicios y la ignorancia; por las irracionales pasiones. Pero el primer hombre, aquel que inició la travesía, persiste en su indestructible afán por alcanzar la perfección, no como meta, sino precisamente como una puerta de mil estrellas, al final del camino.

La civilización, la filosofía, la ciencia, la técnica, el arte, la cultura en general, han sido desarrollados notablemente por el hombre desde tiempos inmemoriales y con mayor rapidez en los tiempos más recientes. No obstante, también la tecnología, la najenación, la guerra persisten en su lucha por llevar al hombre a su autodestrucción, por revelarse ante su propio crecimiento, por hacerlo regresar a su estado primitivo de animalidad sensorial. Sólo el destino nos irá contando los resultados de la contienda dentro de estos dos distintos hombres que existen dentro de todos y cada uno de nosotros.

El día de hoy, en este año de 2371, fecha estelar 48623.4., conocí a un individuo que bien podría ser la reencarnación del cavernario. Se encontraba sentado, hasta el fondo de la central maestra del complejo cibernético que regía la zona ecuatorial del planeta. Cansado, después de un arduo día de trabajo, salió un momento para estirar un poco las piernas. Ahí yo lo estaba esperando como se espera a los amigos. Juntos contemplamos en silencio, con orgullo y con temor, las más grandes creaciones de la ciencia y la tecnología humanas; por un instante nos sentimos la máxima creación del universo; pero de repente, ambos levantamos el rostro al cielo y descubrimos por enésima vez el firmamento, sintiendo la impotencia, la fragilidad y la imperfección de aquél hombre primitivo, aquella noche, miles de años antes de nuestra era...

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José Ramón González

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 Última actualización:  16 de Enero del año 2007 E:. V:.
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